lunes, 16 de marzo de 2009

Una mirada. Gritos.


No he vuelto a cazar. El hambre bulle dentro de mí como una furia salvaje que devora mis entrañas lentamente. He sido incapaz. Oigo sus susurros durante el día, en todas partes, me persigue esté donde esté. Oigo sus gritos de noche, sus aullidos demoledores que, como agujas al rojo se internan en mi cerebro arrancando de mi ser desgarradores pedazos de lo que en su día llamé “alma”.
Siento un escozor extraño recorrerme la cara. No reconozco donde acaba la máscara. Soy incapaz de discernir el insignificante espacio de realidad vestigial que separa mi rostro del suyo. Pronto no sabré donde termino yo… y donde empieza él.
No he vuelto a cazar. Ella es la culpable, me azota cada noche con esos ojos culpables que parecen pedir disculpas mientras devoro sus entrañas en mi eterno caminar para alejarme de ella, para pedirle perdón, para buscar su redención, para envolverme en sus brazos, para caer en probar de nuevo su piel, para terminar arrancando de ella un desgarrador gemido mientras flores carmesí brotan de su agujereado vientre.
No se dan cuenta. En su largo caminar por el corto tramo de eternidad al que llaman vida encuentran fascinantes cosas de una simpleza tal que deslumbra y les hace olvidar aquello que les rodea. No se han fijado, hace demasiado que llevo la máscara, ya nadie se fija en ella. Se ha convertido en mi rostro. Siempre me han visto a través de un velo traslucido que les impide observar lo que tienen delante. Su propia existencia hace irrisoria la idea de que un ser como yo camine entre ellos. Mi propia existencia es deleznable mientras sonrío a través del que ahora es mi rostro buscando con analítica precisión una razón para no terminar con sus vidas.
Sus ojos, siempre son sus ojos los que detienen mi hambre. El enjambre rugiente que se nutre de mis entrañas no es rival para aquellos ojos que con una vidriosa mirada parecen desmontar todo aquello en lo que creo. Pozos de luz en una oscuridad tan absoluta que las mismas brumas que me rodean parecen resplandecer como un fuego que consume mi mirada y deja de mi solo aquello que es necesario para seguir vivo un día más.
Hace mucho que camino por las calles de mi Tres Veces Maldita Leng. El ambiente oscuro y demacrado de las calles. El abandono y la soledad envueltos por el miedo y la desesperación. Miles de presencias que, tras cada esquina, agazapadas en las sombras buscan el momento de saltar en busca de mi maltrecha alma para hacerla trizas, para condenarme a un dolor eterno que no hará más que intensificarse cuando, la mañana siguiente, despierte de nuevo, acurrucado en el suelo, desnudo, cubierto por la reseca capa del rojizo líquido que evidencia mi culpa. Mirando fijamente unos ojos perdidos en el horror de un cielo sin estrellas. En los pozos de eternidad de los que una vez más surgirá la bestia que me atormenta, sonriendo complacida, acompañada de una segunda mirada, una mirada culpable que parece pedir disculpas…
No, no he vuelto a salir de caza. Busco desesperado el punto donde termina la máscara, donde empiezo yo. Un punto que se perdió en el olvido hace mucho tiempo. No existe tal distinción. Estoy condenado a llevarla.

viernes, 11 de abril de 2008

Figuras extrañas


"He vuelto a salir de caza…

Debería resultarme sencillo después de todo este tiempo, debería ser insensible a los sentimientos, estar ajeno al dolor de aquellos que están a mi merced… cuyas almas devoro para Él, mi Amo… debería recrearme en su sufrimiento, gozar al profanar sus cuerpos con mis manos y arrancar sus entrañas mientras escucho sus gritos agónicos…

Una y otra vez… cuando veo sus rostros aterrados ante mí, cuando son conscientes que su hora ha llegado… miro sus ojos a través de la máscara y me encuentro frente a frente con ella… son sus ojos… me miran con desesperación, pidiendo ayuda a algo o a alguien que se esconde detrás de mí…

¿O quizá suplican la piedad del portador de la máscara?

Con estos pensamientos devorándome por dentro, como los gusanos se alimentan del cadáver una vez enterrado, camino por un mundo que antes consideraba real… un mundo que ahora me parece extraño… extrañamente luminoso… como si estuviese difuminado por una capa de luz que no llego a comprender… como si lo viese a través de un velo blanco en el que se reflejan los rayos de un sol que no se parece en nada a las mortecinas esferas que de vez en cuando surcan los cielos de mi Tres Veces Maldita Leng…

He vuelto a salir de caza…

Por los callejones oscuros, la victima que he tomado esta vez se retuerce mentalmente entre la agonía de no saber encontrar una salida, o de saber que la única salida es la muerte, y un extraño instinto de supervivencia que asalta a todos los humanos ante la inminente caída en el abismo.

Camino por las calles… jugando con mi presa al gato y al ratón… no lo he decidido yo… pero, en un descuido, hechizado de nuevo por esos ojos que me llenan de culpa ella ha conseguido huir… y ahora es presa del pánico, del pánico atroz que produce el espantoso chillido de los escamosos pájaros de Shantak resonando en su mente…

Conozco bien esa sensación, una vez yo también fui la presa…

Las sombras se ciernen de repente sobre mí, algo acecha al acechador, algo intenta cazar al cazador…

Docenas de ojos, sonriéndome desde debajo de capas con capucha me llaman a dejar la cacería… se acercan a mí, en silencio, dejo de sentir las calles de Leng como si fuesen parte de mi ser, dejo de oír las risas con las que Él, sentado en lo alto de su templo, me atormenta todas las noches… la máscara empieza a desprenderse de mi rostro con un asqueroso sonido que parece introducirse dentro de mi piel, retorciéndose en mis oídos.

Los ojos desaparecen, los seres encapuchados se abalanzan sobre mi cuerpo inmóvil… No puedo defenderme, me sujetan con extrañas garras putrefactas, desprendiendo un olor nauseabundo que me nubla la mente… oigo la máscara caer al suelo, me siento libre de mi tormento, de mi castigo… pero también me siento desnudo, desprotegido, débil… mis asaltantes clavan sus dientes en mi carne, siento el dolor que muchos han sentido antes que yo, puedo notar el sabor ferruginoso de la sangre en mi boca una vez más… pero esta vez es mí sangre la que estoy “degustando”…

Uno de los seres se abalanza sobre mi rostro desencajando su mandíbula… arranca un trozo de mi mejilla… parte de mis labios… siento arder mi semblante como si el fuego abrasador de un hierro al rojo recorriera mi cuerpo… imagino mi rostro convertido en una macabra mueca sonriente por la falta de labio…

Caigo… el suelo se acerca a mí con gran velocidad y golpea la parte trasera de mi cráneo con un crujir extraño… ante mí, el blanco más absoluto antes que la oscuridad, invocada por las capas y cuerpos de los “comensales” que ahora hacen de mi cuerpo su banquete, cubra de nuevo mi visión dejándome otear tan solo un trozo de las nubes que cubren el cielo de mi Tres Veces Olvidada Leng…

Todo terminará pronto… seré libre al fin y habré pagado por mis crímenes… dejaré de ver sus ojos en la oscuridad… acechándome con sentimientos de ternura y culpa…

Vuelvo a oír su risa, Él, Aquel Cuyo Nombre No Debe Ser Pronunciado, ríe de nuevo sobre Su Templo… Tras La Máscara Amarilla… sus carcajadas resuenan en mis oídos… siento algo en mi mano, es la máscara… una vez más acude a mí en busca de una promesa, en busca de fidelidad…

Caeré… me dejaré perder en la oscuridad del olvido… en el olvido de la muerte… será el fin de toda esta culpa… del Perro de Tindalos… del Portador de la Máscara… seré devorado y olvidado como lo han sido siempre mis víctimas…

Es hora de dormir…

Abro los ojos, siento el dolor que atormenta mi alma, que azota mi cuerpo, que no me permite moverme… Siento el tacto de la lápida que un día esculpí en madera… miro mi nombre escrito… desvaído ya y corrompido por el moho…

Vuelvo a llevar la máscara… Volveré a salir de caza…"

martes, 9 de octubre de 2007

Los Gohules



"Dejo caer la mascara en un rincón mientras siento como se acercan los gohules… inquietos, me acechan protegidos por la oscuridad, una oscuridad que debería ser para mi, unas sombras que deberían cubrirme con su manto y nunca más dejarme ver la luz…

Lo está haciendo de nuevo, sus carcajadas retumban en las paredes de la ciudad tres veces maldita y tres veces olvidada, resuenan en mi cabeza, hacen temblar los huesos dentro de mi cuerpo…

Los necrófagos se aproximan para probar la carne de una nueva victima… tendría que haberla enterrado... ¿Qué más da eso ahora? Enterrándolos solo consigo que tarden más en devorarlos… les miro insistente, con odio, como he hecho siempre para ahuyentarlos… no me quedan fuerzas, mi mirada, llena de rabia en un principio, se llena de lagrimas y soy incapaz de retenerlas…

Lo ha vuelto a hacer…

Últimamente intento no ponerme la mascara, no salir de las sombras… se lo que eso implica, el dolor es insoportable, la insaciable sed que me apremia a salir de caza, el hambre… son sensaciones que llenan mi cuerpo, lo devoran por dentro… cada noche muero… y cada mañana él me devuelve a la vida…

¿Hay realmente una noche y un día en esta tierra yerma cubierta por los humos tóxicos que emanan del suelo? El mundo es de un gris verdoso… más allá de las nubes pestilentes no hay nada… recuerdo… un cielo… estrellas que me protegían, un sol que perdonaba los pecados de la noche… ¿Dónde estarán?

Los gohules me ignoran, saben que no puedo morir y eso me protege de sus dentelladas, de sus desgarradores colmillos, de sus encías envenenadas de putrefacción… han empezado a devorar a la nueva victima… quise avisarle… quise decirle que no debía seguirme… el hambre me pudo… el dolor me obligó… ¿Me pudo el hambre? ¿Me obligó el dolor? Disfruté arrancando la carne de sus huesos mientras me arañaba el rostro para arrancarme la mascara… paladeé su sabor mientras sostenía su corazón en una mano… No pude evitarlo… No quise evitarlo…

Él se los ha llevado, mi cielo, mi sol, mis estrellas… Él los esconde para torturarme… le gusta verme sufrir… por eso ha vuelto a hacerlo… me ha marcado un viejo objetivo… encarnado en un nuevo rostro… otra vez ella… vuelve a ser ella… siempre es ella… son otros ojos… otros labios… pero sigue siendo Su olor… Su esencia… Mi pecado…

No quiero ir a por ella… no quiero volver a repetir la historia… no quiero volver a verla a través de la máscara… La máscara… estoy en pié… me alejo del anónimo cadáver del que ya dan cuenta los hambrientos engendros de Leng… camino hacía la oscuridad… no quiero volver… no deseo volver… mi hambre está saciada… no necesito volver…

Me pongo de nuevo la mascara… me adentro en la oscuridad… voy a volver…"

viernes, 21 de septiembre de 2007

La culpa del caminante


"Hasta ahora habréis leído alguna de las páginas que quedan de mi diario. No se bien porque las conservo… quizá quiero recordar quien era… quizá porque terminé como terminé… o quizá deseo explicar el proceso para que nadie siga mis pasos… Todas esas razones son buenas, todas ellas son aceptables y todas ellas son falsas. Recordar es algo que no me apetece, recuerdo cuando mis soles daban calor desde las alturas, cuando mis estrellas brillaban en lo alto y la luna vigilaba mi sueño. Son recuerdos que deberían producirme alegría, deberían dar calor a mi frío corazón, pero no… ya no… mi corazón ahora solo conoce la nostalgia, el dolor, el sufrimiento, la muerte más allá de la muerte… En cuanto a avisar… ¿A quien? ¿Sobre que? ¿Para que? Todo el que entra en mi reino de oscuridad lo hace por voluntad propia, siguiendo mis cantos de sirena, dirigiéndose a su perdición… dejando su cuerpo expuesto a mi hambre insaciable y su alma… ÉL sabe muy bien donde van esas almas… y yo también, y por eso no quiero recordar. Tengo una tumba preparada, creo que he cavado lo suficientemente hondo para que los Gohules no encuentren mi cuerpo. Es una estupidez, como este diario, como cuando intenté avisarla… ella no tenía que venir… ella no… ÉL no me dejará marchar… ni siquiera la muerte me librará de su condena… soy su enviado, su recolector de almas, el Portador del Signo Amarillo… su Perro del Tindalos… es una condena eterna, el precio por el poder que pedí en su día… Hoy los vapores tóxicos de la ciudad cubren el cielo, gris como siempre, no están mis estrellas para juzgarme, y perdonarme, esta noche… Mi parte humana olvida cada día mas rápidamente los sentimientos que dan luz al ser, he perdido todo aquello que me convertía en humano, pronto no seré mas que una sombra… es irónico… ese era mi deseo cuando todo empezó… al final el cumplirá su parte del trato… y yo debo cumplir la mía… cada día me cuesta menos ponerme la mascara, salir ahí fuera y atraerles… he pasado hambre durante demasiado tiempo…después de lo que le hice a ella… pensé que la muerte me llevaría, pero el hambre no puede matarme entre estos muros, pero el dolor… eso es muy distinto… el dolor se magnifica, la nostalgia, la culpa… pero todo desaparece tras la mascara… y mientras sacio mi hambre con sus cuerpos… dentro de mi sigo oyendo sus gritos, sigo viendo su rostro lleno de lagrimas… pero no son sus rostros, no son sus lagrimas, son las de ella… su cara, sus ojos cristalinos, su mirada perdida en mis manos ensangrentadas… Soy un cazador sin sentimientos, soy la oscuridad, soy aquel que temes cuando las luces desaparecen, esa sensación que oprime tu pecho, los pasos que te hacen girar la cabeza cuando vas por la calle, soy Aquel Cuyo Nombre No Debe Ser Pronunciado, soy el Caminante, el Portador de la Mascara… soy SU Perro del Tindalos."

Cadenas del alma


"El peso de cada pieza, el frío roce del metal en mis muñecas y tobillos en carne viva, sangrantes... Estoy atado a Leng y sus cadenas son muy fuertes, demasiado para que un simple humano las rompa. No puedo esperar ser liberado. Él no me dejará marchar y yo no tengo fuerzas para cruzar el yermo helado que separa la altiplanicie del resto del mundo. Estoy aislado en estas sombras y ninguna luz puede alumbrarme... mis soles, los del cielo y el que está dentro de mi; mi luna y mis estrellas, ellos me iluminan, pero es poca la luz que cruza las nauseabundas emanaciones de vapor de esta infecta ciudad. Me lo merezco... se me dio lo que pedí y a cambio entregué lo que se me exigía... y sigo entregándolo... y lo entregaré mientras las cadenas me mantengan fijo en este frí suelo.


He empezado a cavar mi tumba, hay un pequeño terreno en el que de vez en cuando el sol calienta la tierra. Esta es blanda y fácil de remover con las manos. Aun no está acabada, pero sospecho que el eterno reposo está todavía lejos. Él no me dejará descansar tan pronto...
El otro día encontré un trozo de madera. Con algo de suerte podré escribir en él un epitafio... aunque ¿de que servirá? nadie podrá leerlo aquí. Y si alguien lo encuentra... las palabras de un muerto no importan a nadie.

Arrastro mis pies por el empedrado de las calles. Tengo hambre. Hace días que no encuentro nada para comer. Solo un ser humano sería tan estúpido como para terminar viviendo en esta ciudad. Y últimamente se han vuelto cautelosos y ni ellos se acercan.

Otro paso más, las cadenas suenan tras de mi al arrastrarlas. No son cadenas reales, pero yo las siento, las oigo, se como son y donde se encuentran. Mi alma pesa y me hunde en el suelo.

Me siento, cruzo las piernas y hundo el rostro en mis manos. Siento correr lagrimas por mis mejillas, siento su sabor salado, siento su calor. Lo que no siento es la tristeza... no siento el dolor...

Tengo frío. Tengo sueño. Siento la soledad. Me dejo caer, me tumbo en el suelo como un feto en el vientre de su madre. Todavía lloro... Me duermo...

Mañana será otro día...

No quiero que exista mañana."

Sombras


"Caminando por las calles de mi antigua Leng, arrastrando los pies cansados de ir de un lado para otro, veo sombras en mis callejones... pienso en los Gohules que en un principio se acercaban a buscar partes de los cadáveres, que desenterraba para saciar mi hambre y mi sed. En un principio eran cautos, luego cogieron confianza, intentaban arrebatarme aquello que era mío... pero en el frenesí de la sangre un hombre es capaz de hacer cosas que jamás imaginaría... enseñaban los dientes con sus encías putrefactas llenas de gusanos que salían y entraban de agujeros en la carne. Me miraban con sus ojos brillantes, fijos en expresiones de odio calculador que solo el hambre puede crear.
No, estas sombras no son ellos... pienso pues en los perros... los cazadores de Tindalos que tanto tiempo llevan tras el hedor de mi alma infecta. Acechan con sigilo a aquellos incautos que se acercan demasiado a los pliegues en la realidad... viajan entre planos y cuando eligen una presa esta puede darse por perdida... jamás fallan y conmigo... tampoco lo harán.

Tampoco son ellos, si fueran ellos ya estaría muerto y mi alma chillaría de terror en el mar de dolor del torbellino de caos que es Azathoth...

Miles de terrores acechan en la oscura y tres veces maldita... sus habitantes lo sabían y murieron... aquellos que llegaron conmigo también estaban advertidos... y también murieron... yo entregué algo... hice un pacto más allá de lo que parecería racional en un hombre... actué sin ningún tipo de conocimiento... y ahora desearía estar muerto.

Sería tan fácil... tumbarse en el suelo, dejar de comer, de beber, de llorar, de sentir... de vivir. "El frío abrazo de la muerte" lo llaman... calido y acogedor como los senos de una madre se antoja para mí ahora... no hay peor frío que el que se siente en Leng... y llevo demasiado tiempo sintiéndolo en los huesos. Sería tan dulce... seria tan agradable... la Muerte en persona me recibe con los brazos abiertos... sería la primera vez que alguien me recibe de todo corazón... la Muerte es sincera, no enmascara las cosas tras cortinas de seda y encaje... una vez estas muerto solo queda eso... tierra y gusanos... No hay risas, no hay fiestas, no hay abrazos amistosos, palmaditas en la espalda, tampoco hay sorpresas, no se ciernen sobre ti las sombras cuando disfrutas del segundo plato de la fiesta, no hay besos traicioneros, ni puñales en las manos que te dan la "palmadita"... solo Ella y la oscuridad... ¿sería tan fácil aceptarla? si así lo es... ¿porque no lo he hecho ya? ¿Porque no he caído en sus brazos? ¿Tengo miedo?

Es ridículo... miro a ambos lados, observo la calle desierta, oigo el chillido incesante del viento y sus moradores... miro el templo amarillo, miro la desolación, miro de nuevo la sombra... estoy en Leng... llevo demasiado tiempo en estas calles... ¿porque he de temer a la muerte?

Seria tan fácil...

Me acerco a la sombra... en una esquina, mis estrellas han bajado y juegan a hacer sombras para que me acerque... dudo, las miro de nuevo, una sonrisa en sus rostros... y una sonrisa en el mío, no quiero, pero la siento... mis pies pesan menos, espero que se acuerden de mi... mis estrellas me reciben con los brazos abiertos, me dan palmaditas y me piden que comparta sus juegos, sus risas, su calor... me siento y entro en el juego... nunca se me ha dado bien, pero siempre es divertido si estoy con mis estrellas...

La sonrisa sigue en mi rostro, pero siento que también en el de Él... tras su mascara, no veo su rostro pero siento su sonrisa... he vuelto a caer...

La sombra del cuchillo se alza tras de mi... "

Crónicas desde el Tíndalos


"Fue como despertar de un profundo sueño. Poco a poco mis ojos volvían a estar bajo mi control, no sin antes mostrarme el millar de luces que todos reconocemos tras volver de ese mundo que nos atrapa entre el sueño y la vigilia.

Desorientado, como si mi cuerpo no fuera realmente mío, empecé a sentir. El frío recorría mi espalda, el dolor atenazaba mis miembros... Cada uno de mis alientos se convertía en una pequeña masa de vapor que se alejaba rápidamente de mi, difuminándose. Podía sentir como, con cada uno de estos alientos, escapaba parte de la onírica forma que había adquirido mi alma.

Lentamente, tras un espeso velo blanco, mis ojos volvían a mostrarme la realidad. Una realidad confusa y desorientada. Una realidad que no sabía como mostrarse a través de mis sentidos. El tupido velo que me protegía de la realidad se fue desprendiendo poco a poco. Tan solo alcanzaba a distinguir mis brazos, mis manos. Aferraba algo en una de ellas, algo que me produjo nauseas antes que lo dejara caer en un rincón.

Mi cuerpo se convulsionaba. Intenté levantarme, pero mis piernas no tuvieron la fuerza suficiente para sostener el peso de mi cuerpo. Una de de mis piernas se doblegó obligándome a hincar una rodilla en el duro pavimento.

La cabeza me daba vueltas, tenía miedo, quería huir, recordaba haber estado corriendo. Intentaba arrastrarme cuando noté que una de mis manos se había aferrado a algo delante de mi. Me incorporé de nuevo viendo aquello que había usado como punto de apoyo para arrastrar mi cuerpo unos centímetros.

En el suelo yacía una chica, petrificado su rostro en un gesto de eterno terror. Su ropa estaba rasgada. Arrancada en algunas partes del cuerpo, así como su piel, carne y entrañas.

Descubrí entonces el calor en mis manos, el intenso sabor del hierro en mi boca. El néctar carmesí manchaba mis manos, emanaba por la comisura de mis labios y me recorría el cuello, bajando hasta el pecho, manchando mi camisa."